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Por Candy Flores Gracia | Candy FG ¡Cuestiónalo todo!
Hace algún tiempo empecé a despertarme a las tres de la mañana. Todos los días. A la misma hora exacta, como si tuviera una alarma interna que yo nunca programé. Y en cuanto abría los ojos, mi cerebro se encendía solo: pendientes, conversaciones que no había tenido, cosas que se me habían olvidado resolver.
Me costaba muchísimo volver a dormir. Pasó una semana, luego otra, y en algún punto me di cuenta de algo que me dejó fría: tenía mucho, mucho tiempo, que no lograba dormir de corrido una sola noche completa.
Ese fue uno de los primeros focos rojos que ignoré. El segundo llegó por el estómago: cosas que jamás me habían caído mal (el cilantro, los pimientos) de pronto mi cuerpo ya no las digería igual. Nada dramático, nada que me llevara corriendo al doctor. Solo mi cuerpo mandándome señales que yo, ocupadísima, decidí no escuchar.
Les cuento esto porque en unas semanas muchas de nosotras vamos a vivir el mismo patrón. Volvemos de vacaciones con la energía a tope, con la promesa de «este semestre sí me organizo», y a los quince días ya estamos otra vez con el cuerpo apretado y la cabeza que no para. No es casualidad ni falta de voluntad: la productividad cae hasta un 20% durante el verano, y justo después llega el golpe de carga laboral más fuerte del año, el famoso “Repunte de septiembre” en el que empresas y personas aceleran todo de golpe (Robinson, 2024).
Volvemos creyendo que recargamos baterías y en realidad aterrizamos directo en el momento de mayor vulnerabilidad al burnout de los doce meses.
Y aquí quiero detenerme un segundo, porque «burnout» se ha vuelto una palabra que usamos para todo. Tuve una semana pesada: burnout. Dormí mal dos noches: burnout. Y la verdad es que vale la pena saber qué es esto clínicamente, no como palabra de moda que le ponemos a cualquier cansancio.
Lo que el burnout es, técnicamente
La Organización Mundial de la Salud lo incluyó en 2019 en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11), no como enfermedad, sino como fenómeno laboral: el resultado de un estrés crónico en el trabajo que no se ha gestionado con éxito (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2019).
Y lo describe con tres dimensiones muy concretas: sensación de agotamiento de energía, distanciamiento mental o cinismo creciente hacia lo que haces, y una caída en tu sensación de eficacia profesional, esa vocecita que te dice que ya no rindes como antes por más que te esfuerces igual o más que siempre.
Lo importante aquí es esto: el burnout no es «estoy cansada». Es agotamiento que ya no se resuelve durmiendo una noche completa. Es empezar a sentir que tu trabajo, o tú dentro de tu trabajo, ya no valen lo que valían.
Cuando esas tres cosas se juntan y se sostienen en el tiempo, ahí sí estamos hablando de burnout real, no de una mala semana.
Por qué nos pega distinto a nosotras
Aquí no hay manera de hacerse la desentendida: las mujeres en posiciones de liderazgo cargamos con esto de forma desproporcionada. El reporte Women in the Workplace 2025, de McKinsey y LeanIn.org, encontró que el 60% de las mujeres en puestos senior reportan sentirse frecuentemente quemadas en el trabajo, contra el 50% de los hombres en puestos equivalentes (McKinsey & LeanIn.org, 2025). Cargamos, además del trabajo visible, la carga mental invisible del equipo, la expectativa de ser el ejemplo, y muchas veces la sensación de que no podemos permitirnos vernos agotadas sin que eso se lea como debilidad o como «no está a la altura».
Yo lo viví en carne propia durante la pandemia, y creo que ahí fue donde de verdad entendí el mecanismo completo.
La historia que me enseñó lo de los límites
Cuando todo colapsó en 2020, nadie sabía qué hacer. Sucedían cosas nuevas e inesperadas cada día, y yo era parte del equipo que ayudaba a tomar decisiones en el lugar donde trabajaba en ese momento. Un día, a alguien se le ocurrió que, como estábamos en casa, era buena idea empezar las reuniones a las nueve de la noche. Nueve de la noche. Y terminaban a la una, a veces a las dos de la mañana.
Ese equipo, además, no sabía hacer reuniones eficientes. Nos la pasábamos dando opiniones sobre opiniones de las opiniones, pero era rarísimo que se tomara una decisión de verdad. Y de repente todo perdió el encanto. Me parecía tan ineficiente lo que estaba pasando, tantas cosas que teníamos que resolver con cambios que en realidad eran pequeños, que simplemente dejé de dar ideas. Me dejó de importar. Hasta que me di cuenta de cuál había sido mi error: no había puesto límites desde el principio.
Así que, con toda la valentía que pude reunir, lo hice. Declaré que estar en casa no significaba que estaba disponible todo el tiempo. Fue duro. Costó. Hubo momentos incómodos. Pero al final me apegué a mis límites, y los respetaron. No porque la institución cambiara su cultura de la noche a la mañana, ellos seguian enviando mensajes y reuniéndose a deshoras, pero yo dejé de ofrecer disponibilidad ilimitada como si fuera parte de mi sueldo.
Esa es la primera parte del sistema: los límites no se negocian solos ni se ponen solos. Alguien tiene que decirlos en voz alta, y esa alguien somos nosotras. Si quieren ir más a fondo en cómo construir los suyos, ya escribí sobre esto con calma hace unos meses.
Descansar no es lo mismo que recuperarte
Aquí viene la parte que más me costó entender, y que creo que a la mayoría de nosotras nos pasa: podemos tomarnos vacaciones enteras y volver igual de agotadas que como nos fuimos. La investigadora Sabine Sonnentag, referencia obligada en el estudio de la recuperación laboral, lo llama desconexión psicológica: la capacidad real de alejar la mente del trabajo durante el tiempo libre, no solo el cuerpo (Sonnentag & Fritz, 2007). Si te vas a la playa pero sigues revisando el correo «rapidito» o repasando mentalmente lo que dejaste pendiente, tu cuerpo está de vacaciones pero tu sistema nervioso sigue trabajando exactamente igual.
Esto explica por qué a veces sales de una semana libre sintiendo que necesitas otra semana libre para recuperarte de la primera. No descansaste. Estuviste en otro lugar, pensando en lo mismo.
Lo que a mí sí me ha funcionado (con todas sus letras: a mí)
Y aquí tengo que ser honesta con ustedes, porque no quiero venderles algo que no uso. Meditar, ya sé, ya sé que todo mundo lo recomienda, pero no. A mí no me funciona. No logro estar en silencio, mi mente siempre está pensando en mil cosas a la vez, y aunque lo he intentado en serio, no es para mí. Y tampoco tiene que serlo para ustedes. No hay una sola forma correcta de desconectar.
Lo que a mí sí me ha funcionado son dos cosas muy concretas: nadar y andar en moto. Ambas actividades exigen tanta concentración de mi parte que mi cerebro literalmente no tiene espacio para pensar en nada más. No puedo repasar un pendiente de trabajo mientras cuento brazadas o mientras voy pendiente de cada curva. Por eso, después de cualquiera de las dos, mi cuerpo puede sentirse cansado, pero mi mente se siente en paz. Esa combinación (cuerpo cansado, mente tranquila) es justo lo contrario del burnout, que es mente exhausta con cuerpo que ya ni siquiera puede parar.
El tip real no es «naden» o «anden en moto». El tip es: busquen la actividad que a ustedes específicamente les exija tanta atención que su cabeza no tenga hueco para nada más. Puede ser cocinar algo complicado, bailar, escalar, tejer un patrón difícil. Lo que sea que las obligue a estar completamente en el aquí y el ahora, sin opción de multitarea mental.
Un sistema, no una lista de buenas intenciones
Si algo he aprendido es que la recuperación real no pasa por accidente. Se construye con decisiones concretas, sostenidas en el tiempo, no con un balneario una vez al año. Esto es lo que yo hago, y se los comparto no como receta universal, sino como punto de partida para que ustedes armen el suyo:
Primero, identifiquen sus propias señales de alarma. Las mías son el sueño interrumpido y los cambios digestivos. Las suyas pueden ser otras: irritabilidad que no reconocen, ganas de llorar sin razón aparente, la sensación de que ya nada les emociona en el trabajo. Aprender a leerlas a tiempo es la diferencia entre parar antes o parar cuando el cuerpo las obliga.
Segundo, pongan el límite aunque incomode. El mío fue horario. El de alguien más puede ser dejar de contestar mensajes de trabajo los fines de semana, o dejar de decir «sí, yo puedo» automáticamente. Va a costar. Es probable que a alguien no le guste. Pónganlo de todas formas.
Tercero, encuentren su actividad de desconexión real, la que ocupa toda su atención y no les deja espacio para seguir pensando en pendientes. No tiene que parecerse a lo que le funciona a nadie más.
Y cuarto, midan la recuperación por cómo se sienten, no por cuántos días descansaron. Una semana completa revisando el correo cada rato no recupera nada. Dos horas de verdad desconectadas, a veces, recuperan más.
Nosotras podemos aprender a leernos a tiempo
Septiembre va a llegar con toda su carga, como todos los años. La diferencia entre volver a caer en el mismo pozo o no, no está en tener más fuerza de voluntad ni en aguantar más. Está en dejar de ignorar las señales que el cuerpo nos manda desde hace rato, y en construir, con toda intención, un sistema de recuperación que sea real y no solo un propósito bonito que dura dos semanas.
Yo sigo aprendiendo esto. No lo tengo resuelto del todo, y esa también es una verdad que vale la pena decir en voz alta. Pero cada vez identifico más rápido cuándo mi cuerpo me está avisando, y cada vez me cuesta menos poner el límite que hace falta. Ese es el punto de partida, y créanme que sí se puede.
Referencias
McKinsey & LeanIn.org. (2025). Women in the Workplace 2025. McKinsey & Company.
Organización Mundial de la Salud. (2019). Burn-out an «occupational phenomenon»: International Classification of Diseases. OMS.
Robinson, B. (2024, septiembre 4). 5 strategies to avoid end-of-summer blues and keep your career energized. Forbes.
Sonnentag, S., & Fritz, C. (2007). The Recovery Experience Questionnaire: Development and validation of a measure for assessing recuperation and unwinding from work. Journal of Occupational Health Psychology, 12(3), 204-221.
Soy Candy Flores-Gracia. Bióloga, doctora en ciencias y maestra en comercialización de la ciencia y la tecnología. Llevo más de 15 años en innovación, liderazgo y emprendimiento en México y LATAM. Soy ganadora del Premio Nacional del Emprendedor 2016 y del Premio Globant Women that Build 2022 en la categoría Digital Leader. Actualmente lidero la comunidad con CandyFG, un espacio donde mujeres profesionistas desarrollan habilidades para crecer, decidir y emprender con confianza.
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