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Por Candy Flores Gracia | Candy FG ¡Cuestiónalo todo!
Durante muchos años, y quizá aun ahora, he escuchado que la gente dice de mí: «es que ella es muy directa.»
Casi nunca es un cumplido. Y casi nunca se la dicen a un hombre.
Llevamos años notando algo que no terminábamos de poner en palabras: cuando un compañero dice exactamente lo que piensa en una reunión, lo llaman «seguro de sí mismo.» Cuando nosotras hacemos lo mismo, con el mismo tono, las mismas palabras, somos «agresivas,» «difíciles» o, la favorita, «necesitamos trabajar en nuestra comunicación.» El contenido del mensaje es idéntico. Lo que cambia es quién lo dice.
Esto no es percepción nuestra. Está documentado, medido y replicado en estudios durante décadas. Y la buena noticia, la que de verdad importa hoy, es que entender el mecanismo es el primer paso para dejar de cargar con la culpa de algo que no es un defecto de personalidad, y empezar a usar herramientas concretas que sí cambian el resultado de una conversación. Eso es lo que vamos a hacer en este artículo: no solo explicar el sesgo, sino darte los guiones exactos para tres situaciones que seguramente ya has vivido.
El doble estándar tiene nombre, y no es nuevo
Se llama «penalización por asertividad»: la idea de que cuando una mujer exhibe comportamientos asociados con liderazgo (asertividad, seguridad, disposición a discrepar), su nivel de simpatía percibida cae, mientras que su competencia percibida no necesariamente sube. En los hombres, el mismo comportamiento suele generar el efecto contrario: más asertividad, más percepción de liderazgo, sin costo en simpatía.
Un estudio publicado en Psychological Science en 2008 lo mostró con crudeza. Cuando los hombres expresaban enojo en un contexto laboral, su estatus percibido subía. Cuando las mujeres expresaban el mismo enojo, en el mismo contexto, con la misma intensidad, eran consistentemente vistas como de menor estatus, menor competencia, y se les asignaban salarios más bajos. Mismo comportamiento. Resultado opuesto. LinkedIn
Y no se queda ahí. Una revisión de evaluaciones de desempeño encontró que el 66% de las mujeres recibe retroalimentación negativa sobre su «estilo personal» (términos como mandona, abrasiva, ruidosa), frente a solo el 1% de los hombres que recibe comentarios similares. No es que ellas se comuniquen peor. Es que se las está evaluando con una vara distinta. Medium
Lo que hace este sesgo particularmente difícil de esquivar es que no se trata de «elegir bien las palabras.» Investigadoras de Stanford documentaron que aunque las evaluaciones de desempeño deberían basarse en mérito, el sesgo de género se filtra constantemente en cómo los managers califican a su equipo, incluso cuando creen estar siendo objetivos. El problema no está en nuestro tono. Está en el filtro con el que se nos escucha. Stanford Graduate School of Business
El cuarto donde ni siquiera nos dejan terminar la frase
Hay otra capa de este fenómeno que rara vez se nombra directamente: la interrupción.
Un estudio clásico de Zimmerman y West, replicado y citado durante décadas, observó conversaciones mixtas y encontró un patrón abrumador: de 48 interrupciones registradas en conversaciones entre hombres y mujeres, 46 fueron iniciadas por el hombre. Más recientemente, una investigación de la Universidad George Washington encontró que los hombres interrumpen 33% más cuando hablan con una mujer que cuando hablan con otro hombre, lo que se traduce en algo así como dos interrupciones por cada tres minutos de conversación. AdvisoryAdvisory
Esto no cambia mucho ni siquiera en los espacios de más alto perfil. Investigadoras de Northwestern analizaron quince años de audiencias orales en la Suprema Corte de Estados Unidos y encontraron que las juezas representaban el 32% de las interrupciones recibidas pese a ser solo el 24% del tribunal, mientras que solo generaban el 4% de las interrupciones hacia otros. Advisory
Y aquí está la parte que más vale la pena nombrar entre nosotras: cuando finalmente decidimos no quedarnos calladas y respondemos con firmeza a una interrupción, ese acto de defendernos también se evalúa distinto según quién lo hace. La socióloga Tali Mendelberg lo resume así: en grupos de discusión donde solo participan mujeres, el tiempo de palabra se distribuye de forma equitativa y casi no hay interrupciones negativas; cuando se agregan hombres al grupo, ellos empiezan a tomar más que su parte proporcional del tiempo. No es que hablemos mal en grupo. Es que el espacio se reconfigura en cuanto entra una dinámica de género desigual. Time
Asertividad no es lo mismo que agresividad, aunque nos hayan hecho creer que sí
Aquí es donde conviene detenernos, porque el sesgo se aprovecha precisamente de esta confusión. Nos han hecho creer que solo hay dos opciones: callarnos (pasividad) o «ser la ruda» (agresividad). Pero existe una tercera vía, y es la que de verdad funciona: la asertividad.
La diferencia es de fondo, no de tono:
La pasividad prioriza no incomodar a nadie, aunque eso signifique no decir lo que necesitas decir. Resultado: te quedas con la frustración y nadie sabe que la tienes.
La agresividad prioriza tu punto de vista sin considerar el impacto en la otra persona. Resultado: dices lo que pensabas, pero generas una reacción defensiva que cierra la conversación.
La asertividad sostiene tu punto de vista y considera el impacto, sin sacrificar ninguno de los dos. Resultado: el mensaje llega completo y la conversación sigue abierta.
Mira la diferencia en la práctica, con la misma situación:
Pasivo: «Ay, perdón, sé que es mucho pedir, pero es que de verdad no creo poder con esto, aunque si insisten quizás le encuentro la vuelta.»
Agresivo: «Ese no es mi trabajo, búsquenle con otra persona.»
Asertivo: «No puedo tomar este proyecto extra esta semana, mi carga actual no me lo permite.»
Misma situación, tres resultados completamente distintos. La trampa en la que muchas caemos es practicar la tercera versión en nuestra cabeza, camino a la reunión, y terminar diciendo la primera en voz alta, por miedo a la penalización que ya vimos que existe y es real. O peor: tragarnos tantas veces la frustración que un día explota como la segunda.
Los tres guiones que necesitas (y vas a volver a usar)
Esto es lo que de verdad cambia algo el lunes en la oficina. No teoría, sino frases que puedes adaptar hoy mismo. La estructura de los tres es parecida: nombrar el hecho, dar tu posición sin disculparte de más, y cerrar con una propuesta o un límite claro. Cuando esa estructura se vuelve automática, deja de costar tanto trabajo emocional cada vez.
Guión 1: pedir un recurso que necesitas
El error más común aquí es pedir disculpas por necesitar algo para hacer bien tu trabajo, como si pedir fuera el problema.
Antes: «Perdón que te moleste con esto, sé que tienen mucha carga, pero no sé si en algún momento podrían considerar darme acceso a…»
Después: «Para entregar esto en el tiempo que necesitamos, requiero acceso a [recurso específico]. ¿Podemos resolverlo esta semana?»
Fíjate qué hace la segunda versión: nombra la necesidad, la conecta con un resultado que le importa a la otra persona (el tiempo de entrega), y propone un plazo concreto. No hay «perdón,» no hay «no sé si,» no hay rodeos. Eso no la vuelve fría, la vuelve clara.
Guión 2: rechazar una tarea extra sin que parezca que no quieres colaborar
Aquí el miedo suele ser «si digo que no, van a pensar que no soy team player.» La solución no es decir que sí a todo, es mostrar que ya estás evaluando tu carga con criterio.
Antes: «Ay, no sé, tengo mucho en este momento, pero bueno, si de verdad no hay nadie más, yo le hago un espacio.»
Después: «Mi carga actual está al límite con [proyecto X y Y]. Si esto es prioridad, dime qué bajamos de mi lista para poder tomarlo, o si prefieres, lo puedo agendar para la siguiente semana.»
Esta versión no cierra la puerta, la abre del lado correcto: pone la decisión de prioridades en manos de quien está pidiendo, sin que tú asumas automáticamente el costo. Decir que no a una tarea no es decir que no al equipo.
Guión 3: discrepar con tu jefe en una reunión
Este es probablemente el que más ansiedad genera, porque mezcla la jerarquía con el miedo a la penalización por asertividad. La clave es separar la idea de la persona: puedes discrepar de una propuesta sin que se sienta como un ataque a quien la hizo.
Antes: «No sé, tal vez esto es una tontería, pero ¿no sería mejor hacerlo de otra forma? Aunque bueno, tú sabes más que yo de esto.»
Después: «Veo el objetivo detrás de esta propuesta, y quiero proponer una alternativa que creo que nos puede llegar más rápido: [tu idea]. ¿Te late que la exploremos?»
Aquí no hay autosabotaje («tal vez esto es una tontería»), no hay renuncia automática a tu criterio («tú sabes más que yo»), y sí hay una invitación a seguir la conversación en lugar de cerrarla. Discrepar bien no es ganar el punto, es abrir el espacio para que la mejor idea gane, sea de quien sea.
Lo que puedes hacer la próxima vez que te interrumpan
Ya que sabemos que la interrupción es un patrón medido y real, y no una percepción exagerada nuestra, aquí va algo simple y efectivo: una frase corta, sin disculpa, dicha con el mismo tono con el que venías hablando.
«Déjame terminar la idea.» «Voy a cerrar el punto y te escucho.» «Una cosa más antes de pasar a tu pregunta.»
No necesitan «perdón, pero» antes ni justificación después. Son frases completas. Cuanto más natural se vuelve decirlas, menos energía mental gastas decidiendo si «vale la pena» defender tu turno de palabra.
Lo que esto no es
Esto no es un manual para «aprender a hablar como hombre» ni una lista de trucos para hackear el sesgo. Es un mapa de un terreno real, con herramientas que puedes empezar a usar en tu próxima reunión, para que dejemos de pensar que el problema es nuestra forma de comunicarnos cuando, en realidad, el problema es la vara con la que se nos mide.
Sí, el contexto importa, y sí, hay formas más estratégicas que otras de decir lo que pensamos. Pero la meta no es desaparecer la firmeza para ser más digeribles. La meta es seguir siendo claras, con guiones que ya probamos que funcionan, sin cargar con la culpa de un sesgo que no inventamos nosotras.
La próxima vez que alguien te diga que eres «muy directa,» ya sabes qué responder: «gracias, intento serlo.»
Referencias
Brescoll, V. L., & Uhlmann, E. L. (2008). Can an angry woman get ahead? Status conferral, gender, and expression of emotion in the workplace. Psychological Science, 19(3), 268-275.
Correll, S. J. (2021). The language of gender bias in performance reviews. Stanford Graduate School of Business.
Mendelberg, T. (2026, February 24). Kamala Harris, Mike Pence and what research shows about men interrupting women. Time.
Sachan, A. (2020). The likeability penalty. How it affects women in workplaces? Medium.
Wolfe, J. (2020). Women interrupted: A new strategy for male-dominated discussions. Carnegie Mellon University.
Zimmerman, D. H., & West, C. (1975). Sex roles, interruptions and silences in conversation. En B. Thorne & N. Henley (Eds.), Language and sex: Difference and dominance. Newbury House.
Soy Candy Flores-Gracia. Bióloga, doctora en ciencias y maestra en comercialización de la ciencia y la tecnología. Llevo más de 15 años en innovación, liderazgo y emprendimiento en México y LATAM. Soy ganadora del Premio Nacional del Emprendedor 2016 y del Premio Globant Women that Build 2022 en la categoría Digital Leader. Actualmente lidero la comunidad con CandyFG, un espacio donde mujeres profesionistas desarrollan habilidades para crecer, decidir y emprender con confianza.
¡Cuestiónalo todo!

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