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Di NO a la «carga mental» de la oficina: no eres la terapeuta del equipo

Imagen de DC Studio en Freepik

¿Cuántas veces esta semana recordaste el cumpleaños de alguien en tu equipo, tomaste notas en una junta porque «tú lo haces tan bien», escuchaste durante 40 minutos los problemas de vida de una colega antes de poder empezar tu propio trabajo, o te quedaste hasta tarde porque alguien más «no sabía» cómo hacer algo y te lo delegaron a ti con una sonrisa?

¿Y la semana pasada? ¿Y la anterior?

Si te estás acordando de situaciones concretas mientras lees esto, bienvenida a la carga mental de la oficina. Y si te identificaste con más de dos de esas situaciones: necesitamos hablar, porque lo que está pasando tiene nombre, tiene explicación, y sobre todo, tiene solución.

Primero, ponle nombre a lo que pasa

El «trabajo invisible» existe desde siempre. Lo que cambió en los últimos años es que por fin le estamos poniendo palabras.

En 2017, Gemma Hartley publicó un artículo que se volvió viral en segundos. No por accidente, sino porque millones de mujeres lo leyeron y pensaron «esto es exactamente lo que me pasa y nunca había podido explicarlo». Lo describió como «el agotamiento de gestionar la gestión misma»: ese trabajo constante y silencioso de organizar, anticipar, sostener emocionalmente y coordinar que no aparece en ningún contrato, que nadie agradece de forma explícita, que no suma puntos en tu evaluación de desempeño, pero que si de repente no lo hicieras, todo el mundo lo notaría en cinco minutos.

Y aquí viene el dato que duele:

Un estudio de McKinsey & Company (2023) encontró que las mujeres realizamos una cantidad desproporcionada de este trabajo de «oficina no glamuroso»: tomar notas, organizar eventos de equipo, ser la persona de soporte emocional; y que este trabajo raramente es reconocido en evaluaciones de desempeño ni en compensaciones. Pero la parte que más me impacta es que las mujeres que más realizan este tipo de trabajo tienen menor probabilidad de ser promovidas. No porque no sean capaces. No porque no tengan el perfil. Sino porque su tiempo y energía mental se están yendo a tareas que no construyen capital político ni visibilidad estratégica.

¿Te enfureció leer eso? Bien. Ese enojo tiene propósito.

El inventario incómodo: ¿qué estás haciendo que nadie te pidió?

Antes de pasar a la acción, porque sí, vamos a pasar a la acción, necesitamos hacer el inventario. Y te propongo que lo hagas de verdad: agarra un papel, o abre una nota en tu teléfono, y escribe todo lo que haces en el trabajo que no está en tu descripción de puesto oficial.

Aquí van algunos ejemplos para ayudarte a arrancar, porque a veces estamos tan acostumbradas a estas tareas que ya ni las percibimos como algo que elegimos hacer:

Trabajo organizativo invisible:

  • Recordar cumpleaños y coordinar regalos o pasteles colectivos
  • Tomar minutas o notas en reuniones porque «tú lo haces muy bien»
  • Organizar despedidas, baby showers, posadas, eventos de team building
  • Mantener activo el grupo de WhatsApp del equipo
  • Revisar que todos hayan leído el comunicado importante antes de que «se arme el problema»
  • Imprimir, preparar la sala, conectar el proyector

Trabajo de soporte emocional:

  • Escuchar durante horas los problemas personales de colegas sobre relaciones, familia, dinero, salud
  • Mediar conflictos entre compañeras y compañeros
  • Levantar el ánimo cuando alguien está mal o desmotivado
  • Ser la «voz amable y empática» cuando hay noticias difíciles que comunicar
  • Contener las frustraciones del equipo antes, durante y después de cada crisis

Trabajo de gestión del conocimiento:

  • Explicar por tercera o cuarta vez cómo funciona un proceso porque «tú lo explicas muy claro», aunque esté documentado y la gente no quiera leerlo
  • Archivar y organizar documentos que son responsabilidad de otros
  • Revisar y corregir entregables ajenos antes de que salgan, sin que nadie te lo haya pedido formalmente
  • Ser la «memoria institucional» del equipo porque tú sí te acuerdas de todo

Ahora súmale el tiempo. ¿Cuántas horas a la semana representan esas tareas? ¿Cuatro? ¿Ocho? ¿Más? Ahora imagina ese tiempo invertido en desarrollar la habilidad técnica que te llevaría al siguiente nivel en tu carrera. Esa imagen es la que necesitas tener presente.

¿Por qué nos pasa a nosotras? (Y no es solo mala suerte)

Seamos muy claras: esto no es casualidad ni coincidencia. Es un patrón estructural con nombre, con décadas de investigación detrás, y que opera de forma tan silenciosa que la mayoría de las veces ni nosotras mismas lo vemos hasta que ya estamos agotadas.

Se llama penalización por competencia emocional percibida.

Cuando las mujeres somos hábiles emocionalmente, es decir, somos empáticas, organizadas, atentas al detalle social, buenas comunicadoras, pues esas habilidades se naturalizan. Se asumen. Se esperan como parte del paquete. Y cuando no las ejercemos, no se nos ve como «alguien que estableció un límite sano»; se nos ve como difíciles, frías, antipáticas, o, mi favorita, «no es tan buena en trabajo en equipo como pensábamos.»

Rudman & Glick (2001) documentaron este fenómeno hace más de dos décadas y sus hallazgos siguen siendo vigentes: las mujeres que no cumplen con el rol de cuidadoras en el trabajo enfrentan evaluaciones más negativas, tanto de colegas, como de jefas y jefes, de clientes, y sí, incluso cuando su desempeño técnico es objetivamente superior. No porque sean menos capaces. Sino porque rompieron con una expectativa de género tan profundamente interiorizada que opera de forma casi automática en quienes las evalúan.

Y aquí está la trampa perfecta: si lo haces, no te reconocen. Si no lo haces, te castigan. Entonces lo sigues haciendo, te agota, y el ciclo continúa.

¿La buena noticia? Puedes empezar a salir de ese ciclo. Con estrategia, con claridad, y con frases concretas que ya vienen en este artículo.

Antes de soltar: entiende qué tipo de tarea es

No todo el trabajo invisible es igual, y eso importa para decidir qué hacer con cada cosa. Hay básicamente tres categorías:

Las que te las asignaron sin pedirte permiso. Alguien asumió que eras tú la responsable, quizás porque eres mujer, quizás porque una vez lo hiciste y ya te quedaste con ello, quizás porque nadie más lo hace. Estas son las primeras candidatas a redistribuir o eliminar.

Las que un día elegiste hacer y ya no quieres seguir haciendo. Las tomaste de buena voluntad, quizás en un momento diferente de tu carrera o de tu vida, y hoy ya no tienen sentido para ti. Estas requieren una conversación explícita para salir de ellas con gracia.

Las que sigues haciendo porque en realidad sí te importan o te dan algo. Y eso está perfectamente bien. Organizas el evento de fin de año porque te encanta y porque te da visibilidad con la dirección. Lo que necesitas ahí no es soltarlo, sino negociar que valga algo.

La diferencia entre las tres categorías determina completamente cómo vas a actuar.

Tres movimientos concretos (y ninguno implica convertirte de piedra)

Movimiento 1: Redistribuir

Para las tareas que te asignaron sin pedirte permiso o que llevas cargando sola demasiado tiempo, la estrategia es proponer una redistribución explícita. No un «ya no lo hago y ya», que solo genera conflicto y te hace ver reactiva. Sino una propuesta profesional y razonada.

Algunos ejemplos de cómo se ve esto en la práctica:

«He estado tomando notas en nuestras reuniones semanales durante los últimos ocho meses. Creo que tiene más sentido rotar esa responsabilidad cada mes para que todas y todos tengamos el contexto completo de las discusiones. ¿Empezamos con Carlos en febrero?»

«He notado que cuando hay un conflicto entre personas del equipo, siempre me buscan a mí para mediar. Creo que eso debería pasar por [nombre de la líder/el líder o RH], que tiene el rol formal para hacerlo. Quiero que sepan que para eso siempre pueden acudir a ella/él directamente.»

«Para el regalo de cumpleaños del equipo, propongo que rotemos quien lo coordina cada mes. Así nadie carga con eso todo el año.»

Nota la estructura: nombra lo que estás haciendo, ofrece el razonamiento, propones la alternativa. Sin drama, sin enojo explícito, sin pedir permiso para soltar algo que nunca debió ser tuyo.

Movimiento 2: Negociar

Para las tareas que genuinamente te gustan o que te dan visibilidad estratégica, la respuesta no es soltarlas, es asegurarte de que cuenten. Esto requiere una conversación directa con quien te evalúa.

«Me encanta coordinar el evento anual de la empresa. Lo disfruto y creo que lo hago bien. Me gustaría que esto se vea reflejado en mi evaluación de desempeño de este año. Puedo preparar un resumen del impacto que tuvo. ¿Lo hablamos?»

«He estado haciendo la inducción de nuevas personas en el equipo durante dos años. Me parece que es una contribución que va más allá de mis funciones formales. ¿Cómo podemos reconocer eso formalmente?»

La clave aquí es no asumir que los demás notan lo que estás haciendo. No lo notan. O si lo notan, no lo van a reconocer si tú no lo pones sobre la mesa. Hacer visible el trabajo invisible es parte del juego.

Movimiento 3: Soltar

Algunas cosas simplemente se dejan de hacer. Sin drama, sin comunicado oficial, sin explicación elaborada de tres párrafos. Solo se sueltan.

El cumpleaños de tu colega con quien no tienes más relación que profesional. El WhatsApp del equipo que tú sola mantienes vivo con buenos días y memes motivacionales. El documento que archivas cada semana porque «a ti se te da bien el orden.» El café que preparas porque llegaste primero a la sala.

Cuando dejes de hacer algunas de estas cosas, puede que nadie lo note. O puede que alguien diga «oye, ¿qué pasó con…?» En ese caso tienes la respuesta perfecta: «Ah, es verdad, se me había ido. ¿Quieres tomarlo tú esta vez?»

Frases que te sacan del rol sin volverte la mala de la historia

Una de las cosas que más me preguntan cuando hablo de este tema es: «Candy, entiendo todo lo que dices, pero ¿cómo lo digo sin parecer mala onda, desalmada o que no me importa mi equipo?»

Es una pregunta válida y tiene respuesta. El objetivo no es cortar en seco ni mandar a la gente a volar. Es redirigir con amabilidad y claridad. Aquí van frases que funcionan en el mundo real:

Para el soporte emocional que se convirtió en terapia no solicitada:

  • «Te escucho y me importa lo que estás viviendo. Para acompañarte bien en esto, yo no soy la persona indicada, pero sí puedo ayudarte a encontrar a alguien que sí lo sea.» (Esto cierra la puerta con cariño y la abre hacia donde debe ir.)
  • «Veo que estás pasando algo difícil. Ahorita tengo un deadline muy encima, pero me importa escucharte ¿podemos hablar 15 minutos hoy a las 5?» (Acota el tiempo disponible sin rechazar a la persona.)
  • «Eso que describes suena muy pesado. ¿Ya lo platicaste con alguien de RH? Creo que ahí pueden apoyarte mejor que yo.» (Redirige hacia el canal formal que corresponde.)
  • «Siento que estás cargando mucho. Yo puedo estar aquí para escucharte un momento, pero no tengo las herramientas para acompañarte en algo tan importante. Eso merece apoyo profesional.» (Para situaciones de mayor intensidad emocional.)

Para el trabajo organizativo que nadie te pidió pero todos esperan:

  • «Esta vez no puedo tomarlo. ¿Quién más puede encargarse?» (Simple. Directo. Sin disculpas.)
  • «Propongo que rotemos. ¿Quién se anima esta vez?» (En tono ligero, sin hacer un drama.)
  • «Ese no es un proyecto que esté en mi scope este trimestre.» (Para cosas que alguien intenta delegarte de forma informal.)

Para las consultas repetidas de conocimiento:

  • «Ese proceso está documentado en [carpeta/plataforma]. Ahí lo encuentras paso a paso.» (Después de haberlo documentado tú, claro.)
  • «Esta es la tercera vez que explico esto. Creo que necesitamos documentarlo para que todo el equipo lo tenga claro. ¿Me das media hora esta semana para hacerlo bien de una vez?» (Convierte tu hartazgo en una propuesta de mejora.)
  • «Para ese tipo de dudas técnicas, la persona indicada es [nombre]. Te recomiendo escribirle directamente.» (Redirige a quien corresponde sin dejar a nadie colgada.)

Nota algo importante en todas estas frases: no hay disculpas, no hay «es que», no hay explicaciones largas que justifiquen por qué no puedes o no quieres. Una disculpa innecesaria le da a la otra persona una apertura para convencerte de que sí deberías. La claridad amable no necesita ese espacio.

Lo que el trabajo invisible te está costando en términos reales

Hasta aquí hemos hablado del costo en tiempo. Pero el tiempo es solo la parte visible del iceberg.

El costo más profundo es el foco estratégico. Maura A. Nevel Thomas (2017) documentó que el verdadero impacto del trabajo disperso y de bajo valor no es cuántas horas te quita, sino lo que hace con tu capacidad cognitiva: cambiar constantemente entre tareas complejas y tareas de bajo impacto destruye la capacidad de entrar en estado de flujo. Ese estado de concentración profunda donde se produce el trabajo más creativo, más estratégico y más transformador.

Cada vez que interrumpes tu trabajo de alto impacto para mediar un conflicto, escuchar una crisis personal o resolver la logística del desayuno de equipo, no solo pierdes esos minutos. Tu cerebro necesita entre 15 y 23 minutos para volver al nivel de concentración que tenía antes de la interrupción (Mark et al., 2008). Multiplica eso por cuántas veces te interrumpen al día y el número empieza a ser aterrador.

Y las mujeres, en promedio, enfrentamos más de esas interrupciones que nuestros colegas hombres. No porque seamos menos capaces de focalizarnos. Sino porque el patrón que ya describimos, que es la expectativa de disponibilidad emocional permanente, y que hace que más personas acudan a nosotras para pedírnosla.

El trabajo invisible también tiene un costo en posicionamiento profesional. Cada hora que pasas siendo la psicóloga del equipo es una hora que no estás desarrollando la habilidad técnica, estratégica o de liderazgo que te llevaría al siguiente nivel. Cada vez que tomas notas en lugar de hablar en la junta, estás reforzando tu posición como «la asistente» en el imaginario del equipo, aunque tu título diga otra cosa.

Una última cosa antes de que cierres este artículo

Quiero ser muy directa sobre algo: decidir conscientemente qué cargas seguir sosteniendo y cuáles soltar no te hace fría, egoísta, mala compañera ni mala lideresa. Te hace estratégica. Te hace honesta. Y, paradójicamente, te hace una mejor colaboradora y una mejor lideresa a largo plazo, porque no llegas agotada, resentida y vaciada a las conversaciones, los proyectos y las decisiones que realmente importan.

El trabajo invisible no desaparece solo porque decidas no hacerlo tú. Alguien más lo hará, o el equipo aprenderá a funcionar sin él, o quedará en evidencia que era trabajo que necesitaba distribuirse formalmente. Cualquiera de esas tres opciones es mejor que el escenario actual.

La próxima vez que estés a punto de decir que sí a algo que no te corresponde, que no está en tu descripción de puesto, que no te acerca a ningún objetivo profesional tuyo, párate un momento. Respira. Y pregúntate honestamente:

¿Esto me acerca a donde quiero llegar, o me aleja?

Si la respuesta no es un sí rotundo, ya sabes qué hacer.

¿Te identificaste con algo de este artículo? Cuéntame en los comentarios cuál es la tarea de trabajo invisible que más te ha pesado — y si ya encontraste la forma de soltarla, comparte cómo lo hiciste. Esos testimonios son los que cambian culturas.

Y si conoces a alguien que necesita leer esto hoy, compártelo. Este tipo de conversaciones no se tienen suficiente.

Referencias

Escrito por Candy Flores-Gracia. Bióloga, doctora en ciencias y maestra en comercialización de la ciencia y la tecnología. Lleva más de 15 años en innovación, liderazgo y emprendimiento en México y LATAM. Es ganadora del Premio Nacional del Emprendedor 2016 y del Premio Globant Women that Build 2022 en la categoría Digital Leader. Actualmente lidera la comunidad con CandyFG, un espacio donde mujeres profesionistas desarrollan habilidades para crecer, decidir y emprender con confianza.

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